El local de ensayo de Hollín queda en el tercer piso de una casa de madera en el cerro Polanco, en Valparaíso, y para llegar hay que subir ciento doce escalones. Tomás Riquelme los cuenta en voz alta cada vez, como un ritual. Arriba, entre cajas de huevo pegadas a las paredes y un calefactor a parafina, lo esperan Claudia Fuentealba e Iván Ormeño. Son los mismos tres que en 1988 armaron la banda en una sala de clases del liceo, y son los mismos tres que, casi cuarenta años después, siguen sin haber sonado jamás en una radio comercial.
No es que no hayan tenido oportunidades. Hubo una oferta de un sello multinacional en 1994, un programa de televisión que los invitó en 2003 y un festival grande que les ofreció abrir en 2011. Dijeron que no a todo. Grabaron siete discos, todos editados por ellos mismos, casi todos en cassette y en tirajes que nunca superaron las quinientas copias. Tocan unas veinte veces al año, siempre en centros culturales, sindicatos, casas okupas o sedes vecinales. Esta conversación ocurrió una tarde de agosto, con mate y pan amasado, mientras afuera empezaba a llover.
Un liceo, un cassette y un portazo
IVÁN. Fue en la sala de música del liceo, un viernes después de clases. El profesor nos prestaba la llave porque pensaba que íbamos a tocar folclor. Teníamos una guitarra eléctrica sin marca, un bajo que Claudia le había comprado a un marino y una batería a la que le faltaba el platillo. Tocamos la misma canción como cuarenta veces, porque era la única que nos sabíamos. Cuando el inspector entró a ver qué era ese ruido, nos echó y nos quitó la llave. Ese fue el primer portazo. Después vinieron muchos más, pero ese fue el que nos convenció de que teníamos que buscar nuestros propios lugares.
CLAUDIA. No fue una decisión de un día. Al principio simplemente no nos llamaban, y eso nos daba lo mismo. La decisión consciente vino en el 94, cuando apareció un tipo de un sello grande después de una tocata en un galpón del puerto. Nos ofreció grabar en un estudio de verdad, con productor, y sacar un single para la radio. La condición era cambiar dos letras que hablaban de los detenidos desaparecidos y acortar las canciones a tres minutos. Nos juntamos esa misma noche en la casa de Tomás y la conversación duró como cinco minutos. Nadie quería.
TOMÁS. Yo me acuerdo de que el tipo nos dijo que estábamos cometiendo el error de nuestras vidas. Y a lo mejor tenía razón, si uno mide la vida en discos vendidos. Pero nosotros no empezamos a tocar para eso. Empezamos porque en el liceo, en plena dictadura, gritar en una sala cerrada era lo más parecido a la libertad que conocíamos. Cambiar las letras para que sonaran en la radio habría sido traicionar al cabro que éramos.1
Cambiar las letras para que sonaran en la radio habría sido traicionar al cabro que éramos.
La economía del margen
IVÁN. Con trabajos de día. Yo soy técnico eléctrico, Claudia es profesora de historia y Tomás trabaja en una imprenta. La banda nunca nos dio para vivir y nunca pretendimos que lo hiciera. Lo que sacamos de las tocatas y de los cassettes se reinvierte en la banda, en cuerdas, en cintas vírgenes, en pasajes. Es una economía chica pero honesta. Nadie nos debe nada y nosotros no le debemos nada a nadie. Eso tiene un valor que no aparece en ninguna planilla.
CLAUDIA. Además hay una red, y eso es lo que la gente de afuera no ve. Hay personas en Temuco, en Arica, en Mendoza, en Lima, que nos organizan tocatas desde hace veinte años. Nos alojan en sus casas, nos prestan equipos, nos cambian cassettes por fanzines. Es un circuito que funciona sin contratos y sin representantes, solo con confianza. Cuando decimos que elegimos el margen, no hablamos de estar solos. El margen está lleno de gente.

CLAUDIA. Cambió y no cambió. Siguen llegando algunos de los que iban en los ochenta, ahora con canas y a veces con sus hijos. Pero también aparecen cabros de quince o dieciséis años que nos conocieron por un cassette que les pasó un primo o un profesor. Eso es lo más lindo. Nadie les vendió la banda, la encontraron. Las tocatas siguen siendo iguales, en una sede con sillas plásticas, con alguien vendiendo sopaipillas en la entrada y con la plata de la puerta repartida entre todas las bandas.
IVÁN. Lo que sí cambió es que ahora hay que pedir permiso a la junta de vecinos y no esconderse de los carabineros. Eso es una conquista, aunque a veces extraño la adrenalina. En los ochenta uno llegaba a una tocata sin saber si iba a terminar en la casa o en una comisaría, y esa tensión se notaba en la música. Hoy tocamos más tranquilos, pero creo que la rabia sigue ahí, porque los motivos para tenerla no se han ido. Solo cambiaron de forma y de nombre.

TOMÁS. Al principio fue por plata, porque era lo único que podíamos pagar. Después se volvió una forma de trabajar. El cassette se copia en la casa, se fotocopia la carátula, se dobla a mano. Cada copia pasa por nuestras manos. Hace unos años subimos dos discos a internet porque unos amigos insistieron, pero no nos sentimos cómodos. Ahí la música se vuelve un número más en una lista infinita. Con el cassette sabemos quién lo tiene, porque muchas veces se lo entregamos en persona.2
Lo que queda cuando se apagan los equipos
CLAUDIA. Arrepentirse no, pero hubo momentos duros. A fines de los noventa estuvimos casi dos años sin tocar. Iván tenía un hijo recién nacido, yo estaba terminando la universidad y parecía que el mundo de las tocatas se había acabado. Todos los lugares donde tocábamos habían cerrado. En esa época sí pensé que a lo mejor habíamos sido unos tontos. Pero un día llegó una carta de un chico de Osorno que había conseguido una copia de una copia de nuestro primer cassette y nos preguntaba si seguíamos existiendo. Esa carta nos devolvió a la sala de ensayo.
IVÁN. Que no le tengan miedo a ser chicos. Hoy todo el mundo quiere tener millones de reproducciones al primer mes, y cuando eso no pasa sienten que fracasaron. Pero una banda que toca para cuarenta personas que la escuchan de verdad tiene más sentido que una que suena de fondo en un supermercado. Lo importante es construir comunidad, tener un lugar, cuidar a la gente que te va a ver. El resto llega o no llega, y da lo mismo.
TOMÁS. Y que guarden todo. Los volantes, las cintas, las cartas, las fotos mal enfocadas. Nosotros perdimos mucho en el incendio del cerro el año 2014 y todavía me duele pensar en esas cajas. La historia de las bandas chicas no la va a escribir nadie si no la guardan ellas mismas. Los diarios nunca vinieron a nuestras tocatas, así que lo único que prueba que existimos es lo que nosotros mismos alcanzamos a salvar.3
Ya es de noche cuando termina la conversación. Iván enciende los equipos y la sala se llena de un zumbido grave que hace vibrar las cajas de huevo. Claudia afina el bajo sin mirarlo. Tomás, antes de colgarse la guitarra, recuerda que aún tiene que doblar treinta carátulas para la tocata del sábado en una sede vecinal de Playa Ancha. Después cuenta en voz alta hasta cuatro, como en 1988, y el ruido empieza de nuevo, a ciento doce escalones de la calle y a una distancia infinita de cualquier radio.