Hace unos meses, ordenando la casa de mi madre después de su muerte, encontré una caja de zapatos en el fondo de un clóset. Adentro había unos cuarenta fanzines fotocopiados, con las esquinas dobladas y los corchetes oxidados, que yo había juntado entre 1986 y 1993. Algunos los había hecho yo, con dos amigos del liceo. Otros los había comprado por cien pesos en tocatas o los había recibido por correo desde lugares que en ese momento me parecían remotísimos, como Guayaquil, Rosario o Tijuana. Me senté en el suelo del dormitorio y los leí todos, uno por uno, sin apuro, hasta que se hizo de noche.
No voy a fingir que la experiencia fue solamente sentimental. Hubo nostalgia, claro, pero sobre todo hubo una sensación de alarma. Me di cuenta de que probablemente esa caja era lo único que quedaba de varios de esos fanzines. Nadie los había catalogado, ninguna biblioteca los tenía, y sus autores, si seguían vivos, seguramente habían perdido sus propias copias en alguna mudanza. Lo que tenía en las manos no era un recuerdo personal. Era, sin exagerar, un archivo en peligro de extinción.
Papel que no estaba hecho para durar
El fanzine fotocopiado es, por definición, un objeto frágil. Se hacía con lo que había a mano, recortes de diarios, letras calcadas, dibujos a lápiz pasta, textos escritos a máquina con la cinta gastada. Se pegaba todo sobre una hoja y se llevaba a la fotocopiadora de la esquina, donde el dueño a veces cobraba menos si uno le caía bien. El papel era el más barato, el tóner se corría y los tirajes rara vez pasaban de cincuenta o cien ejemplares. Nadie pensaba que eso iba a durar, y en cierto sentido esa era la gracia.
Recuerdo bien cómo hacíamos el nuestro. Nos juntábamos los domingos en la cocina de uno de mis amigos, con tijeras, un tubo de pegamento y una pila de revistas viejas que su hermana mayor nos regalaba. Discutíamos durante horas qué reseña iba primero y qué dibujo merecía la portada. Después venía la parte más aburrida, que era doblar, ordenar y corchetear cada ejemplar a mano. Terminábamos con los dedos negros de tinta y la sensación, completamente desproporcionada, de haber hecho algo importante. Visto desde hoy, creo que no estábamos tan equivocados.
Esa condición efímera tenía una dimensión política que conviene no olvidar. En los años de dictadura, tener en la casa ciertos papeles podía ser peligroso, y más de un editor de fanzines que conocí quemaba los originales después de fotocopiarlos. Otros los escondían detrás de los cuadros o debajo de las tablas del piso. La destrucción era una forma de cuidado. Hoy esa misma lógica nos deja con un vacío enorme, porque los objetos que se hicieron para desaparecer cumplieron su propósito demasiado bien.1
Los objetos que se hicieron para desaparecer cumplieron su propósito demasiado bien.
Lo que se pierde cuando se pierde un fanzine
Alguien podría preguntar qué importancia tiene perder unas hojas mal fotocopiadas con reseñas de bandas que nadie escuchó. Mi respuesta es que en esas hojas está una parte de la historia cultural de América Latina que no aparece en ningún otro lugar. Los fanzines registraban conciertos que los diarios ignoraban, entrevistaban a músicos que nunca tuvieron un disco, discutían política con una franqueza imposible en la prensa oficial. Eran, además, la red social de una época sin internet, el medio por el que un adolescente de Antofagasta se enteraba de lo que pasaba en Montevideo.
Pienso en uno de los fanzines de mi caja, Grieta, que editaba una muchacha de Valdivia a la que nunca conocí en persona. Sacó once números entre 1988 y 1991. Tengo cuatro. En el número siete hay una entrevista a una banda de Chillán cuyo nombre no encuentro en ningún otro registro, ni en internet ni en los libros que se han escrito sobre aquellos años. Si esa copia se hubiera perdido, esa banda, en términos históricos, simplemente no habría existido. Así de delgada es la línea entre la memoria y la nada.

Archivar sin domesticar
La solución obvia sería entregar todo a una biblioteca nacional o a una universidad, y en parte creo que hay que hacerlo. Pero tengo reservas. He visto cómo ciertos archivos institucionales tratan este tipo de materiales, clasificándolos como curiosidades, guardándolos en cajas a las que nadie accede o, peor aún, exhibiéndolos en vitrinas como si fueran reliquias de una tribu extinta. El fanzine pierde algo cuando se lo saca de circulación. Nació para pasar de mano en mano, no para quedar detrás de un vidrio. Un fanzine que nadie puede tocar, fotocopiar ni discutir deja de ser un fanzine y se convierte en otra cosa, en un documento mudo sobre un pasado que parece más lejano de lo que realmente es.
Por eso me interesan más las experiencias de archivo comunitario que han surgido en los últimos años en varias ciudades de la región. Colectivos pequeños, casi siempre sin financiamiento, que escanean fanzines, los suben a repositorios abiertos y organizan lecturas públicas. Conozco uno en Concepción que funciona en la trastienda de una disquería y otro en Lima que opera desde un departamento compartido. Lo que hacen no es solo preservar. Es devolver esos materiales a la conversación, permitir que una nueva generación los lea, los copie y los discuta.2

Archivar sin domesticar implica algunas decisiones concretas. Digitalizar en alta resolución, pero también permitir la descarga libre. Registrar los datos básicos de cada ejemplar, como la fecha, el lugar, los autores y el tiraje, sin imponer categorías que los propios editores no habrían reconocido. Buscar a los autores cuando sea posible y pedirles su testimonio antes de que sea tarde. Y, sobre todo, entender que el archivo no es un cementerio, sino una fotocopiadora más grande, capaz de seguir multiplicando lo que alguna vez se hizo para circular.
También hay una tarea que nos toca a los que fuimos lectores. Casi todos los que vivimos esos años tenemos alguna caja parecida a la mía, olvidada en una bodega, en la casa de los padres o debajo de la cama. Revisarla, fotografiar su contenido y compartirlo cuesta muy poco. No hace falta ser historiador ni tener un escáner profesional. Basta con reconocer que esos papeles, que alguna vez nos parecieron insignificantes, son hoy la única prueba de que existió una cultura entera hecha desde abajo.
La última fotocopia
Sé que esto que escribo tiene algo de contradictorio. Pedir que se guarde lo que nació para perderse puede parecer una traición al espíritu del fanzine. Pero creo que la verdadera traición sería dejar que el olvido termine el trabajo que empezaron la censura, la humedad y las mudanzas. La memoria de los márgenes no se va a conservar sola. Si no la guardan quienes la vivieron, nadie más lo hará, porque nadie más sabe que existe.3
Hace unas semanas llevé mi caja de zapatos a ese colectivo de Concepción. Escaneamos los cuarenta fanzines en dos tardes largas, con café y conversación, y ahora cualquiera puede leerlos. Me quedé con los originales, pero ya no los guardo en el fondo del clóset. Los tengo en un estante, a la vista, y de vez en cuando saco uno y lo releo. El otro día, al abrir el número siete de Grieta, se desprendió una hoja suelta que no había visto antes. Era una nota escrita a mano por la editora, con letra apurada, que decía simplemente “fotocopia esto y pásalo”. Es lo que estoy tratando de hacer.