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01 Nº 01 · Septiembre 2026
01 · Crónicas

La cinta que cruzó la cordillera

Antes de internet, la música prohibida viajaba en cassettes regrabados hasta el ruido. Las redes de copia, trueque y correo que unieron escenas de Santiago, Buenos Aires y Lima.

PorProfessor G
NúmeroNº 01 · Septiembre 2026
SecciónCrónicas
Lectura7 min

La caja llegó a Valparaíso un martes de invierno de 1986, envuelta en papel de diario argentino y amarrada con un cordel que alguien había anudado tres veces. No traía remitente, solo una dirección escrita con plumón en letras de imprenta y un sello de Mendoza medio borroneado. Adentro había once cassettes TDK de sesenta minutos, todos regrabados, todos con carátulas hechas a mano con recortes de revistas, cinta adhesiva y una máquina de escribir a la que le fallaba la letra e. En la tapa de uno de ellos, alguien había escrito una advertencia en lápiz pasta. “Copiar y pasar. No vender.”

Quien la recibió tenía diecinueve años, trabajaba en una imprenta del plan y pasaba las tardes en una pieza del cerro Florida escuchando radios de onda corta. Hoy tiene sesenta y tantos, conserva seis de esos once cassettes en una caja de zapatos y todavía recuerda la sensación de ponerlos por primera vez en la casetera. “Sonaban horrible”, dice. “Era como escuchar una banda a través de una pared, con un ventilador prendido al lado. Pero era música que no existía en ninguna disquería de Chile. Y alguien, en algún lugar, se había tomado la molestia de mandármela.”1

Esa caja fue una entre cientos. Durante la década de los ochenta, mientras buena parte del continente vivía bajo dictaduras o democracias frágiles, una red invisible de cintas regrabadas cruzó la cordillera en ambas direcciones. No había sellos, ni distribuidoras, ni radios dispuestas a programar esa música. Había correo postal, amigos que viajaban en bus, marineros, estudiantes de intercambio y una tecnología doméstica que lo cambió todo, la radiocasetera de doble casetera.

Una máquina para copiar el mundo

Para entender lo que pasó hay que volver al objeto. El cassette compacto había sido pensado para dictáfonos y oficinas, no para la música. Pero su tamaño, su precio y sobre todo la posibilidad de grabar encima lo convirtieron en el formato de quienes no tenían acceso a otra cosa. Un disco de vinilo importado podía costar el sueldo de una semana. Un cassette virgen costaba lo mismo que una cajetilla de cigarros.

La doble casetera terminó de abrir la puerta. Con un botón que decía “high speed dubbing”, cualquiera podía copiar una cinta en la mitad del tiempo. La calidad bajaba con cada generación, el sonido se volvía opaco, aparecía el siseo, los agudos se perdían. A la tercera o cuarta copia, un grupo de punk sonaba como un grupo de punk tocando dentro de una lata. A nadie parecía importarle.

“Había una especie de orgullo en eso”, recuerda una mujer que en esos años organizaba intercambios desde un departamento en Santiago centro. “Si tu cinta sonaba muy limpia, sospechábamos. Significaba que la habías comprado, o que eras de los que tenían plata para importar. Las buenas, las que valían, venían gastadas. Cada ruido era la huella de alguien que la había escuchado antes que tú.”

Cada copia sonaba peor que la anterior, y justamente por eso valía más

Organizadora de intercambios, Santiago

El circuito tenía sus reglas no escritas. No se vendía, se intercambiaba. Quien recibía una cinta quedaba moralmente obligado a copiarla y mandarla a otro. Las cartas que acompañaban los envíos eran tan importantes como la música. Traían listas de temas escritas a mano, dibujos, recortes de fanzines, direcciones de otros contactos y, a veces, largas explicaciones sobre qué estaba pasando en cada ciudad. Así, una persona en Valparaíso podía enterarse de lo que sonaba en un sótano de Lima sin haber salido nunca de su cerro.

Rutas de papel y cinta

Las rutas eran lentas y frágiles. Un paquete entre Buenos Aires y Santiago podía tardar tres semanas, y no siempre llegaba. Algunos envíos se perdían en el camino, otros llegaban abiertos, con las cintas desordenadas o sin las cartas. Quienes participaban aprendieron a disimular. Escribían “grabaciones familiares” o “clases de inglés” en las etiquetas, cambiaban los nombres de las bandas por nombres de personas, envolvían los cassettes en ropa.

Otras rutas eran humanas. Un estudiante que viajaba a Mendoza para rendir exámenes volvía con la mochila llena de cintas. Un tripulante de un barco mercante que hacía la ruta del Pacífico llevaba y traía cajas entre Valparaíso, el Callao y Guayaquil. Una profesora que visitaba a su hermana en Córdoba cada verano se convirtió, sin saberlo del todo, en una de las distribuidoras más constantes del circuito.2

Con el tiempo, algunas casas se transformaron en nodos. Eran direcciones que aparecían una y otra vez en las cartas, lugares a los que llegaban paquetes de todas partes y desde donde salían copias hacia otros destinos. Un departamento en el centro de Santiago, una casa en un pasaje de Lima, una pieza de pensión en La Plata. Quienes vivían ahí pasaban noches enteras frente a la doble casetera, copiando, rotulando, empaquetando.

Punk con chaqueta de cuero, Helsinki, 1984
ArchivoImagen de muestra. Punk con chaqueta de cuero, Helsinki, 1984. Foto de Merja Wesander, CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

“Era un trabajo de hormiga”, dice el hombre de Valparaíso. “Uno pasaba el fin de semana copiando diez cintas para mandar a diez personas distintas. Y después esperabas un mes, dos meses, a veces más, a ver si alguien te respondía. Cuando llegaba un paquete era como Navidad. Lo abrías con cuidado, leías la carta tres veces, y recién entonces te atrevías a poner la cinta.”

Lo que viajaba adentro

¿Qué había en esas cintas? De todo. Grabaciones de bandas locales hechas en salas de ensayo con una sola grabadora al centro de la pieza. Conciertos registrados desde el público, donde se escuchaban más los gritos que los instrumentos. Programas de radio extranjeros captados en onda corta. Discos europeos y norteamericanos que alguien había conseguido por un pariente en el exterior y que ahora circulaban en su décima generación de copia.

Fanzines de los años setenta
ArchivoImagen de muestra. Fanzines de los años setenta. Foto de Jake from Manchester, UK, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

Pero lo más valioso, según quienes participaron, eran las grabaciones de las escenas vecinas. Por primera vez, una banda de Santiago podía escuchar lo que hacía una banda de Lima o de Buenos Aires, y viceversa. No a través de la industria ni de los medios, sino de mano en mano. Muchas de esas grabaciones nunca se editaron de manera formal y hoy solo sobreviven en esas copias gastadas, repartidas en cajas de zapatos a ambos lados de la cordillera.

Las carátulas merecen un capítulo aparte. Hechas con tijera, pegamento y fotocopias, eran pequeños fanzines en sí mismas. Algunas traían los nombres de los temas escritos a mano con letra diminuta, otras solo un dibujo o una frase. Había quienes firmaban sus copias con un símbolo propio, para que el destinatario supiera de quién venía la cinta aunque hubiera pasado por cinco manos antes de llegar.

Cuando llegaba un paquete era como Navidad. Leías la carta tres veces antes de atreverte a poner la cinta

Coleccionista, Valparaíso

El silencio que vino después

A comienzos de los noventa, el circuito empezó a apagarse. Llegaron los discos compactos, las disquerías se llenaron de importados, algunas de las bandas que circulaban en cintas firmaron con sellos y otras simplemente se disolvieron. Las cartas se hicieron menos frecuentes. Quienes habían sido nodos del intercambio se casaron, se mudaron, se pusieron a trabajar. Las cajas de cassettes terminaron en closets, en bodegas, en casas de padres.

Muchas se perdieron para siempre. La cinta magnética es frágil. Con la humedad se pega, con el calor se deforma, con los años pierde el sonido. Lo que en su momento fue una red viva de comunicación entre escenas quedó reducido a restos dispersos, sin catálogo ni archivo, dependiente de la memoria y la voluntad de quienes todavía guardan algo.3

El hombre de Valparaíso digitalizó sus seis cassettes hace unos años, con una casetera prestada y un computador viejo. Dice que lo hizo por miedo a que se borraran, pero que nunca escucha los archivos. Prefiere las cintas. “Lo digital suena igual de mal”, explica, “pero no es lo mismo. En la cinta está todo, el ruido, las manos, el viaje. Es un objeto que cruzó la cordillera para llegar a mí. El archivo es solo una copia más.”

Todavía conserva la caja de 1986, con el papel de diario argentino y el cordel anudado tres veces. Nunca supo quién se la mandó.

Fuentes y notas

  1. Entrevista de muestra con un coleccionista, Valparaíso. ↩
  2. Testimonio de muestra sobre las rutas de envío entre Chile y Argentina. ↩
  3. Referencia de muestra sobre conservación de cinta magnética. Autor, título, año. ↩