Tengo sobre el escritorio una grabadora de cuatro pistas que compré en 2019 por treinta mil pesos a un señor de Maipú que la usaba para grabar misas. Funciona a medias. El canal tres se ensucia con cualquier cosa y el botón de avance rápido hay que sostenerlo con el dedo. Aun así, cada vez que una amiga me pregunta por qué seguimos grabando en cassette, con la cantidad de programas gratuitos que caben en un teléfono, miro esa máquina y no sé por dónde empezar. Esta columna es un intento de ordenar la respuesta.
El error como método
La primera razón es práctica, aunque suene a lo contrario. En un computador todo se puede corregir, y esa posibilidad termina siendo una trampa. Uno graba una voz, la corta, la afina, la vuelve a grabar, y al final de la noche tiene cuarenta versiones de un mismo verso y ninguna gana de cantarlo. En la cinta hay cuatro pistas y ninguna función para deshacer. Si te equivocas, decides si el error se queda o si vuelves a empezar la canción completa. Casi siempre se queda, y casi siempre la canción mejora.
Lo aprendí con mi primera banda, a los diecinueve años, en una pieza de Ñuñoa con los colchones apoyados contra la ventana. Grabamos un demo de cinco canciones en una tarde. En la tercera, a la baterista se le cayó una baqueta y siguió tocando con una sola mano durante ocho compases. Ese tropiezo es lo único que la gente recuerda de ese demo, y cuando lo tocábamos en vivo, años después, ella dejaba caer la baqueta a propósito en el mismo lugar.
Un objeto que pide tiempo
La segunda razón tiene que ver con el tiempo. Un cassette no se salta, no se reordena solo ni te ofrece la canción siguiente según tus gustos. Para escuchar el tema cuatro hay que pasar por los otros tres, o adelantar a ciegas y equivocarse. Esa incomodidad obliga a escuchar un trabajo como fue pensado, de principio a fin, con sus silencios entre canciones y ese siseo de fondo que al comienzo molesta y después se extraña. En una época que convierte todo en fragmento, la cinta insiste en la duración1.
También está el objeto. Hace un par de años edité en cassette el primer disco de una banda amiga, cien copias numeradas a mano con carátulas impresas en risografía. Las vendimos en tres tocatas. Casi nadie de los que compraron tiene casetera, o eso dicen, pero todos se llevaron la cinta y el código para descargar las canciones. Me gusta pensar que esas cien cajitas están ahora en repisas de Santiago, Concepción y Arica, junto a libros y fotos, recordándoles a sus dueños que alguna vez estuvieron en un lugar donde sonaba esa música.


Contra la nostalgia
Sé lo que se dice de nosotros. Que es una moda, que es nostalgia de una época que muchos no vivimos, que es un fetiche caro para gente que puede darse el lujo de complicarse la vida. Algo de eso hay, no lo niego. Pero la nostalgia mira hacia atrás y la cinta, al menos para mí, es una herramienta para el presente. No grabo en cassette para sonar como en 1985, sino porque esa limitación me obliga a decidir, a escuchar y a terminar las cosas. Además, las cintas vírgenes todavía se consiguen en ferias y, bien cuidadas, duran décadas2.
Hay algo más, que me cuesta explicar sin ponerme solemne. Cuando grabo en cinta, sé que estoy usando el mismo soporte que usaron miles de bandas que nunca llegaron a una disquería, que circularon de mano en mano en ferias, liceos y salas de ensayo, y que hoy sobreviven apenas en cajas de zapatos. Grabar así es una forma de ponerse en esa fila. No lo siento como un homenaje, sino como una manera de reconocer de dónde viene lo que hacemos.
Anoche, mientras terminaba esta columna, puse a grabar una canción que tengo a medio hacer. En la segunda estrofa sonó la bocina de un camión en la calle y quedó registrada en el canal tres, el que se ensucia con cualquier cosa. La escuché cinco veces. Todavía no sé si la voy a dejar, pero a esta hora, con la grabadora tibia y la cinta detenida en el mismo punto, me parece que esa bocina ya es parte de la canción.