El ladrón había robado todo lo que pudo. Y el pueblo le gritó mil veces: “¡Ladrón, ladrón!”. Así, incómodo y asumido, se retiró a lo alto de la montaña y no volvió a aparecer entre la gente de a pie.
Al cabo de una década, y en medio de un paseo familiar por los riscos de su propiedad, el ladrón tropezó y cayó al vacío, extinguiendo su vida para siempre.
El pueblo, apenas supo de su muerte, reflexionó diciendo: “¡Robó, pero fue un gran líder!”, “¡robó, pero fue un buen padre!”, “¡robó! Pero ¿acaso quién no lo ha hecho?”.
Y así, muerto, el ladrón unió a todo el pueblo en una misma identidad: en torno a la defensa inquebrantable de un secreto en común.