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08 Nº 01 · Septiembre 2026
08 · Escenas

Tres acordes bajo la lluvia

A fines de los ochenta, un subterráneo de calle General Lagos, un fanzine fotocopiado y un puñado de bandas efímeras dieron forma a la escena punk de Valdivia. Sus protagonistas la recuerdan entre la humedad y la vigilancia.

PorFlorencia Ibarra
NúmeroNº 01 · Septiembre 2026
SecciónEscenas
Lectura5 min

La primera vez que Paula Schwenke vio un pogo fue en el subterráneo de una casona de calle General Lagos, en Valdivia, un jueves de julio de 1987. Afuera llovía como llueve en Valdivia en invierno, sin pausa y de lado. Adentro, unas cuarenta personas saltaban sobre un piso de tablas que crujía con cada golpe, iluminadas por dos ampolletas desnudas. En el rincón, una banda llamada Los Sin Paraguas tocaba la misma canción por tercera vez porque no tenía más. “Nadie se quejó”, recuerda Paula. “Era lo único que había en toda la ciudad”.

A fines de los ochenta, Valdivia era una ciudad universitaria de poco más de cien mil habitantes, marcada por el terremoto de 1960, la humedad permanente y una vida nocturna que se apagaba temprano. Las noticias de lo que ocurría en Santiago llegaban tarde, por correo o en el bolso de algún estudiante que volvía de vacaciones. En ese aislamiento se formó una escena punk pequeña y persistente, que nunca superó el centenar de personas y que casi no dejó grabaciones, pero que sus protagonistas recuerdan con una precisión sorprendente.

La casona y el fanzine

La casona de General Lagos pertenecía a una familia de origen alemán que la había dejado en manos de un nieto estudiante de agronomía, Rodrigo Neira, a quien todos llamaban “Tábano”. Neira habilitó el subterráneo con colchones viejos y un equipo de sonido armado con piezas de radios en desuso. Entre 1986 y 1989 se organizaron ahí, según sus cálculos, unas treinta tocatas, casi siempre los jueves, porque los fines de semana muchos estudiantes viajaban a sus pueblos. La entrada era voluntaria y lo recaudado se destinaba a comprar cuerdas y parches.

La música llegaba por caminos improbables. Un marino mercante que recalaba en Corral traía cada tanto vinilos comprados en puertos europeos, que se copiaban en cassette de inmediato y se devolvían a la semana. Otros discos llegaban desde Argentina, cruzando la cordillera por Osorno en el equipaje de viajeros que se alojaban en la ciudad. “Teníamos cinco discos para todos”, resume Tábano Neira. “Los conocíamos de memoria, con rayas y todo”. Esa escasez, coinciden los entrevistados, obligó a inventar más de lo que se copiaba, y explica en parte el sonido áspero y lento de las bandas locales.

El otro eje de la escena fue Moho, un fanzine fotocopiado que alcanzó once números entre 1987 y 1990. Lo editaba Andrés Colipán, estudiante de pedagogía, que lo armaba con tijera, pegamento en barra y una máquina de escribir prestada. Cada número tenía entre ocho y dieciséis páginas y se tiraban unas sesenta copias, que se repartían en la universidad, en la feria fluvial y en una peluquería del centro cuyo dueño simpatizaba con los jóvenes1. Colipán conserva la colección completa en una carpeta de cartón, protegida de la humedad con bolsas de pan.

En Valdivia el punk olía a leña mojada y a parka que nunca se secaba.

Andrés Colipán, editor del fanzine Moho

Bandas de un invierno

Las bandas duraban poco y se mezclaban entre sí. Además de Los Sin Paraguas, los testimonios mencionan a Hongos de Invierno, un trío que cantaba sobre la contaminación del río, y a Humedal, la única banda de la escena con dos mujeres en su formación, Paula Schwenke en la guitarra y su prima Verónica en la batería. Humedal fue también la única que llegó a grabar. En 1988 registró cuatro canciones con una radiocasetera ubicada al centro del subterráneo, en una sola toma y sin corregir ningún error2.

Aquella cinta circuló de mano en mano y llegó, por vías que nadie recuerda, a un programa de radio universitaria de Concepción que la transmitió una madrugada. Verónica lo escuchó por casualidad, en la casa de una tía en Talcahuano, y dice que nunca volvió a sentir algo parecido. La grabación original se perdió en una mudanza, pero una copia de tercera generación sobrevive en poder de Colipán. Suena como si hubiera sido grabada bajo el agua, algo que, en Valdivia, no parece del todo una metáfora.

Fanzines de los años setenta
ArchivoImagen de muestra. Fanzines de los años setenta. Foto de Jake from Manchester, UK, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.

Vigilancia y dispersión

No todo era música. La escena creció en un contexto político tenso, y los jóvenes de pelo parado llamaban la atención en una ciudad donde todos se conocían. Tábano Neira recuerda que en 1988, en la antesala del plebiscito, una patrulla se detuvo dos veces frente a la casona durante una tocata. La segunda vez, los carabineros bajaron, pidieron carnés en la puerta y se retiraron sin entrar. Después de eso las tocatas se volvieron más espaciadas y se anunciaban solo de boca en boca, sin afiches ni menciones en el fanzine.

La dispersión llegó con el fin de la década. Algunos terminaron sus carreras y se fueron a Santiago o a Puerto Montt, otros dejaron la música por el trabajo o la familia. La casona de General Lagos fue vendida en 1991 y el subterráneo se transformó en bodega de una ferretería. Moho publicó su último número en marzo de 1990, con una portada en blanco y una sola frase escrita a mano en el centro, que Colipán prefiere no repetir porque, dice, era una broma interna que nadie más entendería.

Punk-tum, 1978
ArchivoImagen de muestra. Punk-tum, 1978. Foto de Indian48, CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.

Treinta y ocho años después, Paula Schwenke vive en Niebla y enseña música en una escuela rural. Todavía tiene la guitarra con la que tocaba en Humedal, aunque le faltan dos clavijas y el barniz se descascaró por la humedad. Cuando le pregunto qué queda de todo aquello, se queda mirando la lluvia por la ventana antes de responder. Dice que en la escuela, cada tanto, algún alumno le pide que le enseñe tres acordes, solo tres, para tocar algo rápido y fuerte. Ella siempre acepta. Empieza igual que en el subterráneo, repitiendo la misma canción hasta que salga.

Fuentes y notas

  1. La colección completa de Moho, once números, fue revisada para este artículo en la casa de su editor en agosto de 2026. ↩
  2. La grabación de Humedal dura once minutos y cuarenta segundos. Incluye, al final, una conversación entre las integrantes que quedó registrada por accidente. ↩