El libro costó mil quinientos pesos en un puesto de la calle San Diego. Era una edición de 1971 de un ensayo sobre la cultura popular, con el lomo quebrado y un nombre escrito a lápiz en la primera página. Lo compré por el título y no lo abrí hasta dos semanas después, en la micro. En la página 214, doblado en cuatro, había un papel amarillento de tamaño oficio. Al desplegarlo apareció una calavera con cresta, dibujada con tinta china, y debajo, en letras recortadas de diario, el anuncio de una tocata para el sábado 9 de noviembre de 1985.
El afiche anunciaba tres bandas, Ceniza Clandestina, Perros de Toque y Brigada Sorda, en un lugar identificado solo como “el galpón de Irarrázaval, pasado el puente”. La entrada costaba cien pesos o un kilo de arroz para una olla común. No había hora de inicio, pero sí una advertencia escrita a mano en la esquina inferior, “llegar temprano, salir juntos”. Esa frase, en plena vigencia del toque de queda, dice más sobre la época que cualquier manual escolar. Lo que no dice el papel es quién lo hizo, quién tocó esa noche ni si la tocata llegó a realizarse.
Pistas en el papel
La primera pista estaba en el propio afiche. No era una fotocopia sino una impresión en mimeógrafo, con la tinta corrida en los bordes y un leve relieve en las letras. Un antiguo impresor de Santiago Centro, al que mostré una fotografía, reconoció el tipo de papel como el que usaban los talleres parroquiales y los centros de alumnos para sus boletines. La segunda pista era el nombre escrito en el libro, Patricio Soto A., acompañado de un año, 1984, y de la sigla de un liceo de Ñuñoa que todavía existe1.
Buscar a un Patricio Soto en Chile es como buscar a un Juan Pérez. Tardé cuatro meses en dar con él, a través de una exalumna del liceo que administra un grupo de egresados en redes sociales. Hoy tiene cincuenta y ocho años, vive en Rancagua y trabaja como ilustrador técnico para una empresa minera. Cuando le envié la foto del afiche, respondió con un solo mensaje, una larga sucesión de signos de exclamación. Dos días después conversamos por teléfono durante casi dos horas.
Dibujé esa calavera en la sala de clases, con la tinta que le robé al profesor de artes.
La noche del galpón
Según Soto, el afiche fue impreso en la parroquia de un barrio de Ñuñoa, en un mimeógrafo que el sacerdote prestaba a los jóvenes a cambio de ayudar en la olla común. Se tiraron unas ciento veinte copias y se pegaron de noche en paraderos, postes y baños de liceos. Él tocaba el bajo en Perros de Toque, una banda que duró menos de un año y que nunca grabó. El galpón era una antigua bodega de muebles cuyo dueño, tío de uno de los músicos, la prestaba los fines de semana sin hacer preguntas.
La tocata sí se hizo. Soto calcula que llegaron unas ochenta personas y que Ceniza Clandestina alcanzó a tocar seis canciones antes de que se cortara la luz. Terminaron a oscuras, con velas y una batería sin amplificación, mientras la gente coreaba las letras. A las diez de la noche, siguiendo la advertencia del afiche, salieron todos juntos hacia el paradero más cercano. Brigada Sorda nunca alcanzó a subir al escenario. Soto no volvió a saber de sus integrantes, salvo de uno que emigró a Suecia a fines de esa década2.

Para contrastar su versión busqué otros testimonios. Una asistente de esa noche, Carmen Lillo, que entonces tenía dieciséis años, recuerda el corte de luz y las velas, aunque sitúa la tocata en octubre y no en noviembre. También recuerda que a la salida un grupo se quedó cantando en el paradero hasta que pasó la última micro. Ninguno de los dos logró precisar la dirección exacta del galpón. En el lugar que ambos señalan, cerca de un puente sobre el canal San Carlos, hoy hay un edificio de departamentos con un minimarket en el primer piso.
Por qué estaba en ese libro
Quedaba una pregunta. ¿Cómo terminó el afiche dentro de un ensayo sobre cultura popular vendido cuarenta años después en la calle San Diego? Soto tiene una teoría. El libro era de su padre, profesor de historia, y él lo usaba para guardar dibujos que no quería que su madre encontrara. Cuando sus padres murieron, a comienzos de los años dos mil, la biblioteca familiar se vendió completa a un librero de viejo. Nadie revisó las páginas. El afiche viajó de estante en estante durante más de veinte años, doblado en cuatro, esperando.

Le ofrecí devolverle el papel. Lo pensó unos segundos y me pidió que lo conservara, con una condición, que lo mostrara. Por eso está aquí, en el primer número de esta revista, escaneado a tamaño real. Soto, por su parte, me envió una fotografía reciente de su mesa de trabajo en Rancagua. Entre planos de maquinaria y lápices técnicos, en una esquina, hay una calavera con cresta dibujada con tinta china. Dice que la hace de memoria, cada cierto tiempo, para no olvidar cómo era tener diecisiete años y salir juntos.