A las nueve y media de la noche, la escalera del cerro Polanco huele a humedad y a cable quemado. Tomás, el bajista de Ciclón Menor, sube cargando un amplificador que pesa casi lo mismo que él y se detiene en cada descanso para recuperar el aire. Arriba, detrás de una puerta metálica pintada de verde, está la sala Ancla, doce metros cuadrados forrados con cajas de huevo, alfombras viejas y colchones de una plaza. Ahí dentro, esta noche, se van a turnar cuatro bandas hasta que amanezca o hasta que algún vecino golpee la muralla.
La sala funciona desde 1994 en el segundo piso de una casa de adobe que perteneció a un estibador. La arrienda desde hace once años Elena Cárcamo, baterista retirada, que la administra con un cuaderno, un candado y una sola regla escrita a mano sobre la puerta. Cada banda paga por bloque de tres horas y deja la sala como la encontró. El precio no ha subido desde 2019. “Si lo subo, se van a ensayar a la pieza de la abuela y se acaba la música”, explica mientras enrolla un cable que alguien olvidó la semana anterior.
El primer turno
Ciclón Menor entra a las diez. Son tres, tocan un punk rápido y sucio, y ensayan como si estuvieran frente a quinientas personas. La batería es compartida por todas las bandas y tiene el parche del bombo remendado con cinta aisladora. Entre canción y canción discuten el orden del repertorio para una tocata en Viña del Mar que todavía no tiene fecha confirmada. Desde el pasillo, sentado en un cajón de cerveza, los escucha Ignacio, guitarrista de la banda que sigue, que aprovecha la espera para cambiarle las cuerdas a una guitarra comprada en cuotas.
El pasillo es la otra mitad de la sala. Ahí se fuma, se come pan con palta y se intercambian datos sobre locales, técnicos de sonido y parlantes en venta. En una pizarra blanca, las bandas anotan lo que falta o lo que se rompió, y alguien dibujó al lado una ballena con audífonos. En la muralla del fondo hay capas de afiches de tocatas que se remontan a fines de los noventa. Elena asegura que nunca ha sacado ninguno. Cuando uno se despega, lo vuelve a pegar encima de otro con engrudo casero1.
Entre las once y la una ensaya la banda de Ignacio, Los Estibadores del Sur, que toma su nombre del antiguo dueño de la casa. Tocan hardcore con letras sobre el puerto, los despidos y los cerros quemados. El baterista llegó tarde porque perdió la última micro desde Quilpué y tuvo que venir en colectivo. Ensayan con un celular grabando desde el suelo y, cada tanto, se detienen para escuchar cómo suena una parte que no los convence. A la una en punto, Elena golpea dos veces la puerta. Nadie protesta. Es la señal de que el bloque terminó.
Pasada la medianoche
A la una y cuarto entra Pieza Vacía, un cuarteto que mezcla noise con cumbia y que viene llegando de trabajar en un restorán del plan. Traen un teclado de juguete, un pedal de distorsión armado en un taller de electrónica de la avenida Argentina y una grabadora de cassette de cuatro pistas que ponen sobre un amplificador. Graban todo, incluso las pruebas fallidas. Martina, la vocalista, cuenta que después escuchan las cintas en la micro de regreso y que a veces lo mejor de una canción aparece en un error que nadie planeó.
Aquí nadie es dueño de nada. La batería es de todos y el ruido también.
La convivencia no siempre es fácil. Elena recuerda peleas por un platillo trizado, por turnos que se alargaron más de la cuenta y por una banda que, en 2008, desapareció dejando tres meses de arriendo impagos y un amplificador que todavía nadie reclama. También recuerda noches en que tres bandas terminaron tocando juntas, improvisando hasta las siete de la mañana, cuando el primer ascensor del cerro empezaba a sonar. De esas sesiones quedan grabaciones en un cajón del escritorio, rotuladas con fechas y sin nombre de autor2.

El último bloque
A las cuatro de la mañana llega el turno más barato, el que nadie quiere. Lo ocupan dos hermanos de Playa Ancha que tocan doom lento y pesado y que no tienen nombre de banda. Encienden una lámpara roja, bajan el volumen al mínimo por respeto a los vecinos y tocan la misma canción durante casi una hora, con variaciones mínimas. Afuera, la neblina ha subido desde el puerto y cubre las escaleras. Ignacio y Martina se quedaron a escuchar, sentados en el suelo del pasillo, sin hablar.
Elena dice que la sala ha sobrevivido a dos incendios en el cerro, a un terremoto y a la pandemia, que la tuvo cerrada ocho meses. Lo que no sabe es si sobrevivirá a la venta de la casa, que los herederos del estibador anuncian cada año y nunca concretan. Mientras tanto, sigue abriendo la puerta verde cada tarde y anotando los turnos en el mismo cuaderno. Calcula que por la sala han pasado más de ciento cincuenta bandas, la mayoría de las cuales nunca grabó un disco ni tocó fuera de Valparaíso.

A las seis y media, los hermanos guardan sus instrumentos y apagan la lámpara roja. Elena revisa que los cables estén enrollados, cierra el candado y baja la escalera con una bolsa de basura en cada mano. Tomás, el bajista del primer turno, dejó olvidado su afinador sobre el bombo remendado. Ella lo guarda en el cajón de las cintas sin nombre, junto a las demás cosas que nadie viene a buscar, y anota en la pizarra, debajo de la ballena con audífonos, que el martes hay que cambiar el parche.