El domingo 14 de agosto de 1986, pasadas las ocho de la mañana, Héctor Vilches desplegó un paño de hule azul sobre la vereda de la feria de avenida Matta y ordenó encima cuarenta cassettes sin carátula. No había nombres impresos ni logotipos, solo cintas de segunda mano con el título escrito en lápiz pasta sobre la etiqueta. A su lado, un vendedor de paltas pregonaba el kilo a precio de liquidación. Nadie se detuvo en el puesto de Vilches hasta las diez, cuando llegaron tres liceanos con parkas negras y preguntaron, casi en susurro, si había llegado lo nuevo de los alemanes.
Esa escena, que el propio Vilches reconstruye hoy desde su casa en La Cisterna, se repitió durante casi una década en decenas de ferias libres de Santiago. Mientras las disquerías del centro vendían vinilos importados a precios imposibles para un estudiante, una red informal de copiadores, intermediarios y feriantes hizo circular miles de cintas con metal pesado, thrash y speed que de otro modo jamás habrían llegado a las poblaciones. Para reconstruir esa red, SUBSUELO revisó cuadernos de pedidos y un informe municipal, y conversó con siete personas que participaron en ella.
Una fábrica en el living
El origen de casi todas las copias era doméstico. Según los testimonios reunidos, a mediados de los ochenta operaban en Santiago al menos una docena de “duplicadores”, personas que tenían un equipo de doble casetera y acceso a discos o cintas originales traídos por familiares desde Buenos Aires, Mendoza o Europa. El más recordado es un técnico electrónico de San Miguel a quien todos llamaban “el Profe” y que, según su hermana, llegó a tener cuatro radiocasetes conectados en cadena sobre la mesa del comedor. Grababa de noche, cuando bajaba el consumo eléctrico y había menos interferencia.
Ximena Toro, la hermana, conserva un cuaderno escolar de tapas verdes donde el Profe anotaba cada pedido. Entre marzo de 1985 y diciembre de 1987 hay registradas algo más de 6.400 copias, con fechas, títulos abreviados y el nombre del feriante que las retiraba1. Los precios también están ahí. Una cinta de sesenta minutos le costaba al intermediario el equivalente a un pasaje y medio de micro, y en la feria se vendía al doble. “Él decía que no era negocio, que era difusión”, recuerda Ximena. “Pero con eso pagó la luz tres años seguidos”.
La ruta de los domingos
La distribución seguía el calendario de las ferias. Los martes y viernes las cintas llegaban a los puestos de Lo Valledor y de San Miguel, y los domingos a los de avenida Matta, Franklin y Gran Avenida. Cada feriante recibía entre veinte y sesenta copias por semana y devolvía lo que no vendía. Raúl Espinoza, que atendió un puesto de ropa usada en Pudahuel entre 1984 y 1990, calcula que en sus mejores meses movía unas doscientas cintas, casi siempre escondidas bajo una pila de chalecos. Los clientes sabían dónde mirar y el resto de los compradores ni siquiera las notaba.
Con esos datos es posible arriesgar una cifra general. Si se multiplica el volumen del cuaderno del Profe por el número de duplicadores que mencionan los entrevistados, y se descuenta la temporada de verano, en que las ventas caían a la mitad, la circulación anual en Santiago habría estado entre 25.000 y 40.000 cassettes de metal. Es una estimación gruesa, sin respaldo oficial, pero coincide con lo que recuerdan los feriantes. Para comparar, una disquería mediana del centro vendía en esos años unos trescientos discos de rock pesado al mes, según un exdependiente consultado para este reportaje.
En la feria no había catálogo. Había confianza y un liceano que le contaba a otro.
Carátulas a mano y un informe olvidado
Sin fotocopiadoras a mano, las carátulas eran un oficio aparte. Algunos compradores dibujaban sus propias portadas con plumón y regla, copiando letras góticas de las revistas que circulaban en los mismos puestos. Otros recibían un papel mimeografiado con la lista de canciones, producido en un taller de Estación Central que también imprimía boletas y volantes de almacén. Claudia Reyes, que entonces tenía quince años, guarda todavía una caja de zapatos con cuarenta y dos cintas de ese período. En muchas, el título del disco está mal escrito, y en dos de ellas la banda anunciada no coincide con lo que suena.

La autoridad sabía de la existencia de este comercio, aunque rara vez le prestó atención. En el archivo de una municipalidad del sector sur apareció un informe de inspección de 1988 que menciona la “venta de grabaciones sin marca en puestos no autorizados” y recomienda decomisarlas junto con la mercadería de contrabando2. No hay registro de que la medida se aplicara. Los feriantes consultados recuerdan un solo operativo, en el invierno de 1989, que terminó con unas cuantas cajas requisadas y devueltas a la semana siguiente porque nadie supo en qué categoría inventariarlas.

Lo que quedó después
El circuito empezó a apagarse a comienzos de los noventa. La apertura del mercado trajo ediciones oficiales más baratas, las disquerías de galería ofrecieron copias con carátulas a color y el disco compacto transformó la cinta en un objeto de segunda. El Profe dejó de grabar en 1992 y vendió sus equipos a un taller de reparaciones. Vilches pasó a vender herramientas usadas. Varios de los músicos que formaron bandas de metal en Santiago durante esa década, sin embargo, coinciden en que escucharon por primera vez a sus referentes en una de esas cintas sin nombre.
Para Ximena Toro, el cuaderno de tapas verdes no es solo un registro contable. Entre los pedidos aparecen anotaciones al margen, pequeñas reseñas que su hermano escribía para recomendar un disco a un feriante en particular, y hasta una lista de clientes que pedían siempre lo mismo3. “Era su manera de conocer a gente que nunca vio”, dice. Vilches, por su parte, todavía tiene el paño de hule azul. Lo usa para cubrir la parrilla en invierno, y cada vez que lo despliega en el patio, asegura, se acuerda de esos tres liceanos preguntando en voz baja por lo nuevo de los alemanes.